Nostalgia
"Somos una cuerda tensada entre una catástrofe infratemporal y una redención supratemporal—la nostalgia y la angustia son las notas que canta esta cuerda cuando es pulsada."
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El juego de luces empieza cuando mengua el sol—el cielo pasa del azul corriente a una plétora de cobres, corbrizos y otros colores sin nombre, para decantar finalmente en el pálido blanco que le procuran las luces de la ciudad.
Mienten los que dicen que en las ciudades no se ven las estrellas, o acaso no saben que las hemos bajado con alquimia y violencia y las hemos encadenado en nuestras calles con cables de acero y de plástico. Efigies heréticas que alumbran nuestros pequeños paraísos artificiales.
Con esto me acostaba el domingo. De una cosa a la otra, y casi sin darme cuenta, me encuentro con que no sólo me acosté bajo un cielo blanco de domingo sino que me invadió una inmensa nostalgia.
La nostalgia que siento este domingo es una nostalgia sin objeto. Peor aun, es una nostalgia enorme, o más bien una nostalgia de algo enorme, grandioso, ciclópeo—pero eso enorme y grandioso y ciclópeo se sustrae totalmente a la mirada.
Es raro tener un sentimiento sin objeto—una emoción sin causa o sin un fin bien definido. Recuerdo que nostalgia es una palabra que viene del griego—y no de cualquier griego, sino del habla del padre Homero, en cuyo sueño todavía vivimos, afortunadamente—y significa literalmente dolor por regresar al hogar, una añoranza que se da durante un viaje de regreso o, más trágicamente, durante un viaje que no sabemos si será de regreso. Dolor por reconquistar lo más propio, por el elemento que perdimos.
Consulto lentamente el catálogo de nostalgias pasadas:
nostalgia de la infancia—no;
nostalgia de los amigos—no;
nostalgia de noche frescas de verano—tampoco;
nostalgia del mar—ojalá.
Me acordé de un poema de Baudelaire—Harmonie du Soir
No sé si tendrá algo que ver…
Todas estas nostalgias tienen ancla, un punto de referencia, un punto de referencia en el mapa donde fijan su origen en la horizontal del espacio y en la vertical del tiempo; aún cuando ese lejano origen se pierda en las arenas del tiempo o se mezcle con otros puntos y otras anclas, otros orígenes y otros mares.
No. La nostalgia que sufrí el domingo cuando me acostaba bajo el cielo azul fue una sin filiación declarada, engendrada partogenéticamente en mi alma desde ningún sitio y sin que nadie me lo preguntase. Se habrá sentido así Ulises, también bajo el cielo blanco de Calipso, una noche de domingo cuando lo visitó repentinamente un vago recuerdo de su Ítaka.
Me veo obligado a desempolvar el otro libro de nostalgias, aquel en que quedan registradas aquellas de dudosa procedencia, nostalgias cuyo vínculo con la cruz del tiempo y del espacio no es muy seguro.
Pienso en la nostalgia de los preludios de Rachmaninoff, pienso en la nostalgia de algunos acordes de de Scriabin… pero incluso la melancolía sutil y casi incorpórea tiene asiento en este mundo.
Pienso luego en lo que pude haber sido y no fui—me imagino aquí y allá, haciendo esto o aquello, pero no hay caso, la nostalgia se escapa… Me transporto a lo que no pude haber sido y tampoco fui—me imagino blandiendo una espada y venciendo bajo el sol cruciforme de Constantino, o soy también Indra navegando el Ganjes en una carroza y seis millones de dravídicos a mis pies…
Nada de eso. La nostalgia aún se escapa.
La nostalgia de los domingos no es de este mundo.
No pretendo que el relato anterior tenga ninguna clase de rigor filosófico o de precisión conceptual. Solo es un recuento de mis ensueños o, mejor dicho, un recuento del ensueño particular que tuve este domingo.
Tengo la teoría —y digo teoría en el sentido más etimológico de la palabra, esto es, una contemplación, una intuición— de que hay un cierto tipo de nostalgia que es distinto de los demás sentimientos que colorean nuestra existencia terrena. Quizás lo hayan sentido también—hablo de una nostalgia o una angustia primordiales, elementales, que aparecen en momentos muy específicos. En mi caso, cada vez que veo algo bello—mejor dicho, cada vez que puedo contemplar algo bello, lejos de las preocupaciones del mundo, como lo es un atardecer de un domingo desde la cama.
Algo parecido pasa con la angustia, de la cual quizás escriba más tarde.
Ambos son sentimientos que transcienden su propia sentimentalidad, su propio carácter sensible, y nos hablan de algo más: quizás no tienen objeto porque su objeto no es de este mundo, es un objeto supratemporal, suprahistórico, supralunar. Tanto la nostalgia como la angustia, creo yo, nos hablan de una promesa y de una catástrofe inscritas en los más profundo de nuestro ser, más allá de la conciencia, más allá de la inconsciencia, un sello indeleble en el espíritu.
Somos una cuerda tensada entre una catástrofe infratemporal y una redención supratemporal—la nostalgia y la angustia son las notas que canta esta cuerda cuando es pulsada.
Claro que yo no soy el único que habla de estas cosas. Muchos filósofos han calificado a la nostalgia (y a la angustia) como un sentimiento que tiene un estatus especial en la vida del hombre. Platón, San Agustín, Pieper, Kierkegaard, Heidegger, entre otros. Otro tanto para la angustia. Aunque con terminologías distintas, todos estos grandes se refieren al mismo fenómeno:
Pieper habla, siguiendo al maestro Platón, de “entusiasmo divino”, una especie de posesión divina que sufrimos cuando somos encantados por un objeto o una idea bella. El alma vislumbra que en el objeto bello hay algo más, un brillo de algo más allá de este mundo, una sombra de un estado perdido… nostalgia. Sufre por eso que perdió, y sufre aun más por verse en un estado tan lastimoso, tan mundano, tan apartado de su hogar…
Eso es lo que llamo nostalgia divina—vislumbrar el paraíso en que vivimos otrora y que perdimos. Un movimiento (siempre fallido y siempre incompleto) de la carne y del espíritu hacia un estado de perfección pasado. Y futuro, Deo volente.
Kierkegaard y Heidegger (a su modo) hablan de una angustia que claramente no es de este mundo. O quizás sería mejor decir que nos presentan con una angustia que es demasiado de este mundo, de este mundus, (if you know what I mean). Hay angustias concretas, ancladas en cosas particulares; y luego hay una angustia absoluta, abstracta, total. Una “nada” que nos visita, una estrechez que nos aprieta.
Esta angustia infinita es signo de la nada en la que caímos al alejarnos del Principio del ser. Una nada angustiosa que es hermana de la nostalgia. Una nada que intentamos rellenar con distracciones, con colores, con estrellas, con hierro y luces… pero que de alguna manera, tarde o temprano, termina volviendo a nuestra vida para recordarnos nuestra condición de caídos.
Angustia y Nostalgia son los dos puntos que forman el diapasón. Uno nos recuerda lo que pasó y lo que somos; el otro nos recuerda lo que perdimos y lo que nos Espera.





CApo total!!! Muy bueno
Qué maravilla.